
En 1606 una expedición española comandada por el capitán Quirós, formada por tres naves y 300 marineros y soldados, partió desde las costas de Perú y alcanzó una nueva tierra tras navegar por el Pacífico durante cinco meses. Se presuponía que, siendo el planeta redondo, en el Hemisferio Sur debía existir un gran continente que sirviera de contrapeso a la gran masa terrestre que forman Europa, Asia y el norte de África.
Quirós tomó posesión de las tierras a las que acababa de llegar con la convicción de que se trataba del nuevo continente, bautizándolo como“Austrialia” del Espíritu Santo, en honor a la Casa de Austria, que reinaba en España en la persona de Felipe III, y a la Iglesia. Dicen que más tarde el nombre pasó a ser Australia, que perdura desde entonces. (Las teorías oficiales apuntan que el nombre de Australia deriva del latín “australis”, que significa “del sur”, la mítica tierra desconocida del sur (“Terra Australis incógnita”) de los romanos).
Pero Quirós, en realidad, estaba a unos 2.400 kilómetros de la costa australiana, en concreto en la mayor de las islas Nuevas Hébridas, que aún hoy conserva el nombre de “Espíritu Santo”.
El error del capitán Quirós evitó que Australia se convirtiese en colonia española.
Pero más casualidades y errores se sucedieron y confabularon para que los navegantes españoles nunca llegaran a la colonización de aquellas tierras:
Al partir Quirós de regreso a América, una tormenta separó a las tres naves que componían la expedición. Una de ellas, la gobernada por su segundo, Luis Vaez de Torres, cayó en la cuenta del error de Quirós, e inició en junio de 1606 su propia búsqueda de Australia.
Sin saberlo, entre el 1 y el 5 de octubre de 1606, Torres fue el primer hombre en atravesar el estrecho que separa Papúa Nueva Guinea de Australia, motivo por el que este paso de mar se llama “Estrecho de Torres”.
Algunos historiadores afirman incluso que, durante su travesía por el estrecho, Torres tuvo que ver sin duda el cabo de York (el extremo más septentrional de Australia), pero que al no ver una línea de costa prolongada debió confundirlo con una isla.
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