sábado, 22 de agosto de 2015

LA GUERRILLA: UN INVENTO ESPAÑOL





El uso y significado moderno de la palabra guerrilla empezó a generalizarse a partir de la Guerra de la Independencia española. En esencia la guerrilla es la guerra que llevan a cabo partidas de civiles contra un ejército regular. La guerrilla se asocia con frecuencia a una guerra nacional contra el invasor extranjero, a una guerra revolucionaria contra sistemas política y socialmente opresivos o a ambas cosas, como sería el caso paradigmatico de Vietnam. Existe además todo un imaginario colectivo que otorga a esta forma peculiar de hacer la guerra una serie de virtudes: la guerrilla surgiría espontáneamente del pueblo, circunstancia de la que se derivan su legimitidad y su fuerza, de tal manera que, a la larga, la guerrilla, impulsada por la juticia y el entusiasmo, será capaz de vencer por sí sóla a los ejércitos regulares, como David venció a Goliat. Lo que sabemos sobre la guerrilla española entre 1808 y 1813 parecería confirmar aparentemente estas hipótesis. Napoleón efectúa por la fuerza un cambio dinástico en España, traspasa la corona a su hermano José I y apoya sus decisiones en la fuerza de un Ejército que, con el pretexto de la invasión de Portugal, ha ocupado previamente algunos puntos clave de la geografía española. En 1808 es poco numeroso (algo más de 100.000 soldados), ya que el emperador no ha previsto ni la oposición del Gobierno español, ni la de su Ejército, que, en principio, siguen siendo sus aliados. Pero, cuando se produce la quiebra del Antiguo Régimen y la sustitución de sus autoridades, las fuerzas imperiales se ven obligadas a sofocar una sublevación y a enfrentarse al Ejército regular español, que ahora obedece a las Juntas provinciales. La derrota de Bailén (julio de 1808) constituye una demostración palmaria de que el Ejército imperial es incapaz, sin ser numéricamente reforzado, de cumplir a la vez la misión policial y la propiamente militar de enfrentarse al español que, de la noche a la mañana, se ha convertido de aliado en enemigo. Tras la retirada a la línea del Ebro, el emperador entra en España con un gran contingente (350.000 hombres) con la idea de aniquilar en el Ebro a los escasos efectivos españoles (menos de 200.000), para ocupar después la totalidad del territorio y expulsar a los ingleses que, entre tanto, habían desembarcado en Portugal. Pero sus resonantes victorias iniciales no conducirán a ninguno de los fines previstos: los ejércitos españoles son batidos reiteradamente, pero se salvan de la aniquilación gracias a la retirada a puntos periféricos de la Península, donde sus restos se reconstruyen con improvisadas levas; de hecho, siempre habrá fuerzas más o menos numerosas, más o menos itinerantes, operando en la periferia; los ingleses conservarán Portugal, amenazando constantemente con una invasión; pero,sobre todo, es justo a partir de los grandes triunfos napoleónicos en torno al Ebro cuando comienza a adquirir dimensiones inquietantes el fenómeno de la guerrilla (1809). Esta adquiere una organización y unas dimensiones inéditas, hasta el punto de constituir para el ocupante un gravísimo problema, algo que los generales franceses perciben como «una guerra que no se parece a ninguna otra» o bien «la úlcera española», una guerra en la que las batallas ganadas ya no conducen a la victoria.

Hostilidad y religión

Evidementemente la guerrilla surge en principio como resultado de la hostilidad popular contra la invasión; tiene por tanto un innegable componente de ‘guerra nacional’ y de odio al francés, pero existen también otros factores de movilización que facilitan el reclutamiento de estas partidas irregulares. Uno de ellos es la propaganda religiosa, sobre todo por parte del clero regular que teme las influencias ilustradas o ‘afrancesadas’ del nuevo régimen. Se ha discutido sobre el carácter político de la guerilla, pero es indudable que en muchos casos el factor movilizador fue la defensa de la tradición católica y monárquica. El cura Merino es el ejemplo más notorio de guerrillero absolutista. También hubo guerrilleros muy importantes que acabaron siendo liberales después de 1814 (Porlier, Mina, el Empecinado), pero no está claro que el liberalismo fuese el factor ideológico que los movilizó en 1808-9. Por otra parte cuando el Ejército de los ‘cien mil hijos de San Luis’ entre en España para restaurar el absolutismo (1823) no se levantarán contra él las guerrillas.

Las causas no ideológicas de la guerrilla son también muy importantes y pueden ser resumidas en tres palabras: miseria, inestabilidad, desesperación. Desde 1790 España atravesaba una crisis grave causada por la escasez de recursos agrícolas, y agravada por las guerras (primero contra la Francia revolucionaria y luego, una vez constituidos en ‘aliados forzosos’ de Francia, contra Inglaterra). El resultado fue un aumento ostensible de la mortalidad, la mendicidad y el bandidaje; había cada vez más gente sin nada que perder. El hundimiento repentino de todo el aparato estatal del Antiguo Régimen fue un factor de inestabilidad y de vacío de poder que brindó ocasiones únicas a personajes ambiciosos y aventureros que aprovecharon la coyuntura no para cambiar de régimen, como sería el caso de los liberales doceañistas, sino para medrar en el caos; por algo corría del dicho «viva el rey Fernando y continuemos robando». La violencia de los ejércitos contendientes y de la propia guerrilla contra la población civil no hicieron sino aumentar la situación desesperada de los españoles; la crisis de subsistencias de 1811 mató de hambre a 200.000 personas. Goya ,en la serie de aguafuertes titulada ‘Fatales consecuencias de la guerra en España con Bonaparte’, ha dejado un testimonio irrefutable e imparcial de la desesperación y cabe preguntarse si este sufrimiento fue una contribución voluntaria y consciente del pueblo español o, más bien, un sacrificio impuesto.

La guerrilla no adquiere importancia hasta los meses que siguen a las primeras victorias de Napoleón en España (finales de 1809). La razón que lo explica es doble; en primer lugar, se trata de una consecuencia no prevista de la derrota: una parte de los ejércitos derrotados se disuelve por las deserciones y son esos desertores los que nutren las partidas. Esta era una causa ocasional, pero existía también una causa permanente: la negativa de la Junta Central a aceptar las derrotas. Con unos ejércitos regulares batidos en campo abierto y desplazados a la periferia, cualquier gobierno monárquico en Europa hubiera aceptado la derrota y firmado onerosas condiciones de paz. De no hacerlo así, la alternativa para el reino era verse asolado por el ejército enemigo y para el rey la pérdida de la corona. Por esa razón los reinos continentales, tras sus respectivas derrotas, habían acabado constituyéndose en satélites y aliados forzosos del Imperio. Pero en España, Bonaparte se encontró con una situación insólita: Fernando VII, ‘el Deseado’, tras haber cedido la corona, estaba a buen recaudo haciendo calceta en un ‘chateau’ (no había corona que perder) y el nuevo poder (la Junta Central) se negaba a admitir de la derrota. Esto no quiere decir que la guerrilla surgiese como un premeditado plan de guerra alternativo. Se trató de un hecho empírico que, una vez constatado, tanto la Junta Central como el Gobierno inglés intentaron aprovechar. En cierto modo, se trataba de una de las ‘fatales consecuencias’ de no aceptar la derrota, aunque de ello se derivasen costes insoportables para la población. Comprendiendo que los ejércitos necesitaban el complemento de la guerra irregular, los gobiernos procuraron organizarla dotándola de reglamentos (diciembre de 1808) y enviando oficiales y armas (los ingleses podían desembarcar en cualquier punto de la costa).

La guerra total

Los paisanos huídos de sus pueblos (o los soldados desertores), reunidos en partidas, atacan por sorpresa y siempre lo hacen con una superioridad numérica capaz de asegurarles la victoria. Sus primeras víctimas son los correos, los rezagados y los pequeños contingentes. Tras el ataque sorpresa la guerrilla huye rapidamente y, si se ve acosada, se disuelve, se mezcla con otros civiles, deja pasar la tormenta y acaba concentrándose en otro lugar. «El arte magno de las guerrillas –reconocerá el general Blake– es atacar siempre y no verse jamás forzados a aceptar combate». Su punto débil es la incapacidad para dar la batalla en campo abierto a unas tropas mejor instruídas y más disciplinadas; su punto fuerte es la rapidez y la invisibilidad. Puede atacar o rehusar el combate según su conveniencia. Esta táctica implica la renuncia a defender permanentemente un territorio, porque su defensa supondría ineludiblemente la aceptación de la batalla en las condiciones y el momento impuestos por el enemigo. El guerrillero renuncia a la defensa de un terreno concreto, pero su amenaza es potencialmente ubicua. Gracias a esta amenaza virtual y omnipresente controla el territorio sin necesidad de ocuparlo permanenetemente. Por el contrario, los franceses sólo controlan el terreno mientras lo tienen bajo sus pies: «La marcha de nuestro Ejército se parecía a la de un buque que va abriendo surco en el mar y lo ve cerrarse tras sí apenas ha pasado», escribía un militar francés. Sobre todo, la amenaza de la guerrilla obligaba a fijar grandes contingentes militares en labor de vigilancia, dejando sólo cantidades residuales para combatir a los ejércitos regulares enemigos, pues no olvidemos que éstos siguen luchando y esperando su oportunidad, desde posiciones periféricas (Galicia, Lisboa, Extremadura, Cádiz, Murcia). Así, el Ejército imperial se verá permanentemente dislocado entre dos misiones que no acaba de cumplir: dedica 3/4 de sus efectivos a misiones de control del territorio y 1/4 a la lucha contra los ejércitos aliados. Esta dispersión en los objetivos a perseguir fue un impedimento muy serio para el Ejército francés, demasiado ocupado en la guerra convencional para acabar con la guerrillla, y demasiado entretenido con la guerrilla para acabar la guerra. Sin perder batallas, sufre un desgaste permanente que algunos autores cifran en cien bajas diarias. Puede extrañar de que, con semejantes ventajas, la guerrilla no hubiera sido adoptada sistemáticamente por otros países. Pero la guerrilla tiene un precio en sufrimiento de la población civil que pocas personas aceptarían voluntaria y conscientemente. La tradicional guerra entre ejércitos convencionales era una forma de violencia limitada cuyo escenario fundamental quedaba restringido al campo de batalla y a la lucha entre soldados reconocibles por sus uniformes. Por el contrario, la guerra de guerrillas desemboca forzosamente en una violencia sin limitaciones convencionales, violencia que envuelve por igual a paisanos y militares. Saltarse las convenciones de la guerra incolucrando a los civiles significó un crecimiento importantísimo en la violencia bélica, y un paso trágico hacia la guerra total.

El eslabón de una gran cadena

La Guerra de la Independencia debe ser entendida como un eslabón en el marco mucho más amplio de una gran cadena de conflictos; conflictos que enfrentan por un lado al imperialismo francés, parcialmente heredero de las guerras revolucionarias de la República, y por el otro a Inglaterra, que, desde su segura insularidad, se opone tanto a las ‘ideas revolucionarias’ (por lo demás muy mermadas por el autoritarismo de Bonaparte) como a la temible expansión imperial de Francia. Inglaterra podía contar con el apoyo de las monarquías absolutas del continente, pero la superioridad militar francesa siempre acababa derrotándolas para luego imponerles una alianza forzosa: tal fue el caso sucesivamente de España, Austria, Prusia y Rusia, incorporadas a regañadientes al sistema imperial. Después del Tratado de Tilsit con Rusia (1807) Napoleón, que ya había incorporado a España en su sistema de ‘alianzas forzosas’ quiso dar un paso más, transfiriendo la corona a su propio hermano, José. Ignoraba entonces que al descabezar el reino se estaba metiendo en una larga guerra y en una larga ‘guerrilla’, ensanchando así la principal fisura de su estrategia: la dispersión de fuerzas. En primer lugar, dispersión en la propia Península,ya que se veía forzado a combatir a los ejércitos regulares aliados (Inglaterra, Portugal, España) y a las guerrillas. Este prolongado esfuerzo de 6 años requirió el envío en tandas sucesivas de más de medio millón de soldados (teniendo en cuenta la necesidad de reponer bajas). El sistema militar francés estaba sometido, por tanto, a fuertes tensiones, que aumentarían inevitablemente en el momento en el que cualquiera de las monarquías sometidas cediese a la tentación de rebelarse. Austria, aprovechando las dificultades de Napoleón en España, le declaró la guerra, pero se vio obligada a firmar la paz en 1809. Mucho más grave sería la guerra con Rusia en 1812 como resultado de la cual fue aniquilado el ‘Gran Ejército’ napoleónico. Es la debacle francesa en Rusia la que invierte totalmente la situación estratégica: los aliados forzosos se convierten en enemigos, y derrotan gravemente a Napoleón en la ‘batalla de las naciones’ (Leipzig, 1813).

Los ejércitos aliados en la Península inician la ofensiva en 1812, favorecidos por la dispersión del esfuerzo francés y por la amplitud que han alcanzado las guerrillas, que comienzan entonces a transformarse en grandes unidades progresivamente asimiladas al ejército regular; entre tanto, algunos de sus jefes reciben altos empleos militares, llegando al generalato. Finalmente en 1814, cuando los ejércitos aliados han conseguido batir en campo abierto al enemigo y desplazarlo hasta la frontera pirenaica, la guerrilla pierde completamente su función militar y desaparece. Si se hace un balance de la guerrilla desde el punto de vista militar su importancia salta a la vista: fijaron durante más de 4 años un contingente enorme (200.000 soldados), desgastándolo e impidiendo su presencia en otros ‘puntos calientes’ de Europa; en suma, contribuyeron a la dispersión de esfuerzos que fue causa de la derrota napoleónica. Ahora bien, al extendido tópico del «pueblo en armas siempre victorioso», hay que oponerle dos precisiones: una militar y otra política. Napoleón no cae víctima de la guerrilla, ni siquiera de los ejércitos aliados en España, sino bajo la presión irresistible de una coalición internacional. Por otra parte, la guerrilla, por sí sola, nunca puede ganar una guerra si no recibe el auxilio o se transforma ella misma en ejército regular. La razón es evidente: la victoria exige la conquista del terreno, precisamente aquello a lo que debe renunciar la guerrillla para obtener sus peculiares ventajas (por eso fueron los tanques y no la guerrilla quienes acabaron conquistando Saigón). Existe por último una precisión política o, si se quiere, moral. Se trata del carácter popular de la guerrilla: indudablemente no puede subsistir sin el apoyo popular, pero es evidente que en muchos casos, este apoyo material se debe al hecho de que los guerrilleros pueden inspirar a la población civil más temor que el propio Ejército ocupante.

FUENTE: Juan Olabarria Agria

No hay comentarios:

Publicar un comentario